lunes, 11 de diciembre de 2017

NOSOTROS, LA ESENCIA DE LA CORRUPCIÓN

Fotografía tomada de Cuaderno de cultura científica.

Por: Edgar Rosales
El sábado pasado, 9 de diciembre, se conmemoró el Día Internacional contra la Corrupción, uno de esos tantos días conmemorativos que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha instituido para hacer conciencia acerca de determinados problemas sociales, económicos, políticos o culturales, cuya eficacia resulta un poco dudosa, porque solo en escasas oportunidades se logran resultados reales por medio de esas efemérides.
Y si no, veamos que el día mencionado fue instituido en el 2003, pero desde entonces ningún medio de comunicación se pronunció jamás al respecto. Sin embargo, ahora que la lucha contra la corrupción es un tema cuya moda se remonta a abril de 2015, fueron abundantes las opiniones o artículos en los cuales sus autores se desgarraron las vestiduras despotricando contra los corruptos. ¡Cómo si muchos de ellos estuviesen libres de todo mal!
En efecto, la mayoría de opinadores coinciden en denunciar a los políticos como el summum de la corrupción en el país. Omiten mencionar, por supuesto, que gracias a la coyunda que algún día existió entre Prensa Libre y el Gobierno de Óscar Berger, dicha empresa periodística se benefició con la exorbitante suma de Q 1 200 millones por concepto de impresión de textos escolares, sin llenar requisitos legales para obtener semejante privilegio. Obviamente, tampoco mencionan que esta escandalosa operación se repitió con el Partido Patriota y, recientemente, con el Gobierno de turno.
Según la ONU, cada año se paga un billón de dólares en sobornos y se calcula que se roban 2.6 billones de dólares anuales mediante la corrupción, suma que equivale a más del 5 % del producto interior bruto mundial. Se calcula, además, que en los países en desarrollo se pierde, debido a la corrupción, una cantidad de dinero diez veces mayor que la dedicada a la asistencia oficial para el desarrollo.

    ASUNTO ENTRE DOS. Un error común, es creer o afirmar que sólo los políticos o los funcionarios son responsables de la corrupción. Sin un proveedor y un facilitador, el acto corrupto sería imposible. (Foto tomada de VTACTUAL)
Pero también se ha dicho hasta la saciedad que para la consumación de un acto corrupto -como todo un tango arrabalero- se necesitan dos: empresarios y funcionarios. Y no se crea que solamente los políticos que han llegado a desempeñar altos cargos son los responsables de que tales hechos se cometan. La corrupción, si bien proviene del mal ejemplo de los altos mandos, también involucra a cuadros intermedios, oficiales, secretarias, etcétera.
Pero si de ser radicales se trata, debemos mencionar que la raíz de la corrupción se debe buscar mucho antes de que alguien llegue a ocupar un cargo público. Y esto no es nada nuevo, pero es increíblemente válido: es en el seno del hogar, en nuestra formación escolar y en nuestras relaciones sociales donde subyacen las causas para que una persona más tarde llegue a ser corrupta… o a no serlo.
Todos conocemos, ya sea por propia experiencia o por la de terceros, acerca de ese pago que nos libra de la multa que nos habría impuesto el agente policial, o por el trámite que nos evita largas horas de cola. O por la certificación de estudios que no hemos aprobado. O, en el caso de comerciantes informales, por obtener un puesto en el mercado que, en condiciones normales, habría demorado años tener acceso al mismo.
Corrupción de pequeña escala, si se quiere, pero corrupción que crece y se arraiga. En adelante, vendrán muchos más sobornos a los policías y sabremos que “por unos lenes más” nos pueden extender esa certificación que nos urge. Es decir, desde antes de llegar a ocupar un puesto público podemos adquirir el expertise necesario para aplicarlo a la hora de extender una cotización, de agilizar una orden de compra y pago o de autorizar una amañada licitación.
Esas conductas aberrantes, repetidas por cientos de funcionarios, llegan a formar todo un sistema de corrupción que, tal como vimos en 2015, no escapa a los más altos jerarcas de una estructura que, como en el caso de Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti, abdicaron a todo principio moral alrededor de su mandato, para convertir a su administración en una megamafia integrada por cientos de clicas.

                              PARADIGMA. Los ex mandatarios Roxana Baldetti (vicepresidenta) 
                                    y Otto  Pérez (presidente) hicieron de su administración el más vergonzoso 
                                    modelo de corrupción jamás visto en Guatemala. 
Afortunadamente, en mi experiencia de vida he conocido personajes que, después de recorrer toda la escala administrativa llegaron al más alto cargo haciendo gala de una carrera absolutamente impoluta. Cito el caso del ingeniero Luis Hugo Solares (q. e. p. d. p.), quien ingresó muy joven a Caminos y llegó a ser ministro en dos administraciones, además de gerente de Empagua y nunca, léase bien: nunca, en alguna de sus gestiones fue objeto de señalamientos de corrupción. Sin lugar a la menor duda, ha sido el único ministro de Comunicaciónes que ha salido pobre después de ocupar el cargo. Antes bien, en sus últimos años tuvo que ejercer cargos menores con tal de “ajustar” el tiempo de servicio que le permitiera conquistar una jubilación. ¡Todo un fuera de serie!
Al igual que todo guatemalteco bien nacido, yo también apoyo la lucha contra la corrupción. Sin embargo, el combate de este flagelo no puede quedar únicamente en la persecución penal que han emprendido el MP y la Cicig. Mientras no se ataque a la esencia, el germen de la corrupción, ese que vive en el corazón del ser humano, el problema no se va a erradicar jamás.
Sobran ejemplos de personas que condenan la corrupción mientras están en la llanura; lejos de las tentaciones del poder público o de la posibilidad de urdir negocios con el Estado desde el cargo que ocupan en una empresa. Sin embargo, una vez alcanzada la posición que les permite enriquecerse fácilmente, sin el menor rubor pasan a engrosar esa enorme fila de corruptos que reproducen el sistema. Lamentablemente, así somos. La esencia de la corrupción la llevamos con nosotros, como lo señaló Iván Velásquez en alguna ocasión.
Por tanto, la utilidad que deberían tener estos “Días de la ONU” es la de ayudarnos a reflexionar, a ver el problema desde su correcta dimensión. Trabajemos contra la corrupción formando esos sólidos principios desde ahora. De nosotros, y de nadie más, depende que ese niño que tanto amamos los adquiera. En el alma de esa criatura inocente descansa la posibilidad de inculcarle la posibilidad de que mañana no llegue a ser otra maldición para su país. Para líneas y cooptaciones ya tuvimos de sobra. 


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