lunes, 27 de noviembre de 2017

OTRO EXTRANJERO ENTROMETIDO




En días recientes estuvo en Guatemala, el harbano Zeid Ra´ad Al Hussein, el mero mero alto comisionado de la ONU en materia de Derechos Humanos. Y como ha acontecido desde hace muchos años, y como era de esperar en esta ocasión, el informe relacionado con su visita al país ha llenado de vergüenza a muchos, de estupor a otros, de indiferencia a la mayoría, y también como suele ocurrir, no ha faltado la andanada de expresiones de rechazo, siguiendo la moda esa de señalar a los funcionarios internacionales por su intromisión en “nuestros asuntos”.

Así, durante unas horas -porque los resultados de la visita ya se empiezan a olvidar- Zeid Al Hussein fue colocado en la misma hoguera donde se tiene a Iván Velásquez, a Anders Kompass, a Valerie Juliand y a Todd Robinson, y todo por esa costumbre de ir a donde nadie los necesita y meterse hasta la cocina, donde tampoco los han llamado.

¿Y qué dice el informe del jordano? Pues, para empezar, una serie de descabelladas fantasías. Entre estas: que alrededor del 60 % de la población guatemalteca vive en la pobreza absoluta, el 23 % en la pobreza extrema; el 46.5 % de las niñas y niños menores de cinco años padece desnutrición crónica; más del 20 % de la población no sabe leer ni escribir, y entre las mujeres indígenas esta cifra asciende al 43 %.

Además, este árabe entrometido sostiene que el Estado “apenas” asigna el 3.15 % de su PIB al sector salud, “en un país donde las enfermedades crónicas van en aumento, incluidas las infecciones por VIH, que han incrementado un 167 % desde 2010”. ¡Válganos! ¿Quiere decir, entonces, que no han funcionado la distribución de preservativos a granel ni los programas de educación sexual y planificación familiar que el Ministerio de Salud impulsa en todo el país, con la decidida colaboración de la Iglesia?

¡Increíble! ¿Pero es que acaso este señor no se pudo dar cuenta que Guatemala es uno de los lugares más parecidos a la Yanna, el paraíso musulmán? ¿Nadie le explicó que en este territorio la mayoría de la gente vive de lo más feliz y agradecida con la hermosa vida que le ha tocado? Por lo visto, tampoco hubo quien le explicara que ese millón de niños y niñas que no van a la escuela, al final no representa nada en la ecuación, porque al fin y al cabo ya se acostumbraron a vivir así, y para vender verdura allá en el mercado de la aldea, no hace falta saber de matemática o ciencias naturales y no es ningún árabe aventado con honda el que los va a sacar de ese maravilloso estado de inmovilismo.

Lo más seguro es que vino con el alfanje desenvainado, y por eso nadie fue capaz de hacerle ver que un 46.5 % de menores de cinco años padeciendo desnutrición crónica es el resultado de que esa gente así lo quiere y nada más. No estarían en esas condiciones si tan solo destinaran una parte de sus jugosos ingresos a comprarse un iPhone Volp y así descargar la fantástica app que recomienda Gloria Álvarez para aprender buenas prácticas de nutrición.

Dice que una de sus fuentes fue el propio presidente, el moralista Morales. ¡Ahí está el detalle!, como diría aquel que sí era actorazo. ¿Por qué diablos no habló con nuestro preclarísimo señor vicepresidente y exrector mediocre? ¡Él sí sabe de políticas sociales! Seguramente él le hubiera enmendado la plana al explicarle que los migrantes se van del país, no por ser pobres, sino porque tienen un enconado afán por el turismo de aventura. Esa búsqueda de emociones extremas y no otra cosa, es la razón que los motiva a desafiar los peligros que aparecen en la ruta hacia el american dream.

Y lo peor es que este mensajero del desierto no es nada original. Aguantan ustedes que nos receta el mismo cuento que otros nos han relatado y que, sin duda, fue tomado de Las mil y una (el libro) porque se refiere a un imaginario lugar en los términos siguientes: “Había una vez un país llamado Guatemala, donde existían dos realidades: una pequeña minoría que disfrutaba de un país moderno y funcional donde se concentra el poder económico y político” y el resto de la población con un país donde sufría “discriminación, marginación y los efectos perniciosos de la corrupción y la impunidad”.

¡Ve qué lengua! Si este es un país democrático y pluralista. Así lo dice nuestra Constitución y todos la cumplimos. Por eso es que cualquier emprendedor puede salir adelante y progresar. El mejor ejemplo son las pequeñas y honradas fortunas de los Gutiérrez, los Castillo y, muy especialmente, la de un tal López Estrada que hace apenas tres décadas era un funcionario público gris, pero que con dedicación, trabajo y honradez llegó a ser un magnate de primer nivel, echando por la borda todo el escarnio y la envidia de esos socialistas resentidos que se refocilan con enlodar el éxito del empresario decente.

Y otra cosa que no se ve claro es por qué a este hachemita le preocupa la corrupción. ¡Pero si esta es tan normal! ¡Ya lo dijo muy claramente nuestro iluminado presidente! Lo que pasa es que aquí hacen gran alharaca de todo. Por eso la indignación del mandatario ante el inconfesable atropello contra su benjamín, José Manuel Morales Marroquín, tan solo por una facturita chafa extendida para ganarse una pinche comisión sobre Q 90 mil que costaron 564 desayunos no servidos. ¡Travesuras de adolescente emprendedor!

Ya en serio. Sin lugar a dudas, el informe del alto comisionado para los Derechos Humanos no sorprende a la mayoría de personas que por una u otra razón se dedican al estudio de la realidad nacional, pero aún así representa un sonoro latigazo para las élites. Todos los reportes suelen ser dramáticos, lapidarios y categóricos, a veces parecen calcados al carbón, pero es porque Guatemala sigue sin trazar la ruta para superar esos indicadores de vergüenza, de atraso y de miseria material y moral, que han determinado el círculo intergeneracional -eterno, diría yo- de pobreza.


Mientras persista ese panorama desolador; mientras la falta de oportunidades siga lacerando nuestra esperanza y la de las nuevas generaciones; mientras las autoridades continúen indiferentes frente al irrespeto de los derechos humanos (todos, no solo los políticos) y mientras nosotros no seamos capaces de reaccionar frente a esta situación de pecado social -como dirían los obispos- ¡tendremos que darle la bienvenida a más extranjeros entrometidos!  

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